armado de impaciencia

bukkakes emocionales

miércoles 15 de febrero de 2012

Appreciation letter to Aaron Ashmore

Títulos de crédito iniciales de Smallville, temporada 7

 Dentro de mis ocasionales flechazos televisivos, Aaron Ashmore es uno de los más tiernos, y se remonta los tiempos de Veronica Mars, donde tenía un fugaz pero carismático papel de exnovio a la fuga de la prota. Le recuperé, años después, cuando me propuse ver -por razones ignotas- Smallville, donde de nuevo tiene una presencia intermitente que se afianza en la séptima temporada, donde logra aparecer en los títulos de crédito lo que, siendo sinceros, debe ser su mayor logro profesional. No le he visto en muchas pelis que recuerde, y sé que tiene un hermano cuasigemelo, también actor y, y sé que si buscas Aaron Ashmore en google te sugiere "Aaron Ashmore gay", lo cual siempre es un punto más. Y hasta aquí puedo leer...

Un curioso capítulo de Smallville en el que el bueno de Aaron es fotografiado en b/n

Puede que su papel de novio perfecto en Smallville me haya inducido positivamente hacia él
Aquí le veis en las primeras temporadas de Smallville. ¿O este es su hermano? Qué lío...

Con barbita y en plan indie está para hacerle varios hijos...

Una de drama, para que veias que el chico también sabe actuar...

martes 27 de diciembre de 2011

poesía ilegible en el cuarderno azul

tú sabes que yo,
pequeña hormiguita a tu lado,
levantaría piedra a piedra
un castillo a tu alrededor
gabardina enchaquetada
y muros de solo amor

tú sabes de qué boca cojeo
yo, perdido moscovita
en tierra de cuatreros
me calmo con tus gritos
y corro a refugiarme en tu sobre
en las líneas de tu melodía
tú ya sabes todo esto
no tengo que reconocerlo

NOTA: mi letra es bastante demencial, incluso para mí. esto lo encontré hace poco en una de mis cientos de libretas, y destaco en rojo las palabras que no he logrado descifrar. he puesto lo más aproximado, aunque visto el resultado, no parece que sean esas las palabras originales... ¿alguna idea? lo del sobre es lo que más me fastidia... ajjjj

domingo 4 de diciembre de 2011

Zachary Quinto y la honestidad


Este post es básicamente para decir que Zachary Quinto es requeteguapo. Su personaje en "Héroes", Sylar, fue lo más excitante de una serie que, aparte de una excelente primera temporada, solo tuvo algunos detalles de calidad fugaces, de los que Mr. Quinto fue, en gran parte, responsable.







Además, en esta serie aparece con novio de ficción, algo que, a la postre, se demostró todo un adelanto de acontecimientos, porque hace unas semanas Zac salía del armario -aunque nunca estuvo dentro, simplemente no decía ni pío de su vida privada- desde su blog. Lo hacía por una buena causa, la lucha contra el acoso escolar, el "bullying", que acaba con la vida de decenas de adolescentes cada año, la mayor parte de ellos en EE UU.


Pero, regresando al punto central, qué buenorris está este hombre. Qué bien hecho. Qué majo parece. Qué indie. Qué pelo. Qué de todo.

lunes 28 de noviembre de 2011

Cómo ligar en un chat y no morir en el intento (de aburrimiento)

Gay. Paquetes de futbolistas. Bultos. Elmundotoday.com. He estado mirando las estadísticas de visitas de este blog y son los términos más buscados para meterse en este berenjenal. Así que me he propuesto crear una entrada superventas, y para ello, qué mejor que hablar del ligoteo en los chats gayers de este ciberespacio tan puteril.
Pero en realidad no me apetece nada de nada hablar del asunto, lo dejaré para otro día. Tengo el síndrome postvictoriadelpp y los cuatro años (como mínimo) que vendrán se me antojan duros como la verga de un marinero que lleva cinco años sin pisar tierra.
No sé qué pensais. No sé si pensais en absoluto. No sé si me leeis. No sé si leo lo adecuado, lo suficiente, demasiado. Lo que es seguro es que no escribo. Lo que hago ahora, en este momento, es teclear, aporrear teclas. Lo que hice antes, cuando era joven, virgen, pleno de ilusiones, era caligrafiar con tinta de limón inversa, que se volvía ordinaria e invisible con el paso del tiempo. Bah.
No he hablado de nada. Dicen en un capítulo de "Oz" que todos los hombres nos esforzamos, a lo largo de la vida, por hallar una frase, unas palabras que signifiquen algo, que puedan perdurar cuando muramos. Y que la inmensa mayoría no lo conseguimos. Aunque supongo que lo verdaderamente importante es intentarlo.

martes 4 de octubre de 2011

La serpiente del aparcamiento-.




Es posible, porque existió. Una serpiente vivía en los pasillos cortos, esquinados, que comunicaban el aparcamiento con los ascensores, o el ascensor con la línea de puertas iguales de los trasteros, todos yermos, inmóviles, de una ciudad de provincias venida a menos, de un bloque de pisos residenciales que quiso ser algo y quedó a mitad de camino. Cada habitáculo de esa planta del edificio, cada trecho, está cortado por puertas herméticas, lo que hace que me pregunte, ¿cómo pudo? Pero, la primera pregunta: ¿cómo llegó una serpiente hasta allí? Ni siquiera ella lo supo. Abrió los ojos, simplemente, al mundo, nació allí, en la semioscuridad permanente, en la calidez tenue del suelo recubierto de polvo, gases de coche depositados y ennegrecidos, algunas colillas. Nunca vio a otras como ella, aunque las de su especie nacen con decenas, cientos de hermanas a su alrededor, y algo en sus genes le decía que aquello no era normal. Supongo que sus primeros culebreos fueron tras una de las puertas, asustados, confusos. Pero, a fin de cuentas, no conocía otra cosa, sus diminutos ojos sin párpado se acostumbraron a la luz teñida, en algunas zonas, del rojo de la bombilla de emergencia. Pronto aprendió a esquivar los ruidosos pasos, el blanco cegador y flurorescente que duraba poco pero delataba su presencia, aún ínfima, aún de un tamaño tal que, durante meses, vivió en el pasillo que iba de una puerta a otra, del garaje 3 al cuarto de acceso al ascensor del bloque 2, dos metros por uno y medio, sin notar nada raro, salvo hambre y, a veces, frío.

Quizá por su especie, que no terminamos de acotar, o por las especiales circunstancias de su existencia, la serpiente que vivía en el aparcamiento, en los pasillos de acceso a los ascensores, más concretamente, tardó varios años en tener un tamaño respetable. Digamos que, si en ese tiempo, una rata se hubiera cruzado por su camino, la historia acabaría aquí, con este punto. Punto.

Al principio, la alimentación no era gran problema, casi cualquier cosa valía. Una hormiga, una cochinilla era casi un festín. Un escarabajo, todo un reto. Es cierto que comprendió, a riesgo de perder la vida de inanición, que tenía que cambiar de escenario de cuando en cuando. Hacer tiempo para que las hormigas se rehicieran, los huevos de la polilla eclosionaran, o los trozos de carne embutida, caídos de un bocadillo, de un niño distraído, surgieran en su hábitat de nuevo.

La migración era comparable, dada su situación, su desamparo, su extraordinaria proeza de supervivencia, a la de los ñus, a la de los lemmings, al viaje eterno del albatros que, dicen los poetas, nunca toca el suelo, excepto para nacer o morir.

Pero, al contar quince mudas de piel, notó que su hambre aumentaba o las presas encogían. O las dos cosas. Su cuerpo, antes frágil, casi translúcido, de lombriz insulsa, se hacía fibroso, más musculado, y sus movimientos poderosos, certeros sin causar un solo ruido. Además, por razón del azar o de un darwinismo acelerado, el tono de su piel era casi exacto al del suelo de los pasillos que habitaba. Blanco pero con sospechas de gris, de negro, de algún rojo inexacto. De nada le servían, sin embargo, la agilidad y fuerza conseguidas para alcanzar insectos que ya resbalaban por su lengua sin apenas diferenciarse de motas de polvo, del puro olor. Ahora, una rata que se cruzara en su camino se lo pensaría dos veces: ¿presa o cazador? Con todo, tampoco, esta vez, encontró nuestra serpiente un roedor de tal tamaño. Pasó un invierno duro. Cruzaba las puertas en las ocasiones que se presentaban. A veces, los pasos y los ruidos y las luces blancas dejaban alguna abierta, por un resorte mágico que no entendía, y se alejaban por un tiempo, un espacio que ella considerada un riesgo moderado, y aprovechaba para cambiar de escenario. En ocasiones, la simple inspección, oler el terreno, bastaba: no hay nada, mejor retroceder, esperar que los grillos decidieran volver con su grito suicida. Pero, otras, arriesgaba. Este pasillo es inútil, pero puede ser la antesala de un territorio desconocido, lleno de comida. Quizá, de otro animal como ella, de un compañero.

Sus presas escaseaban, aunque necesitaba cazar con menor frecuencia. Cada dos, tres días, contando las unidades de tiempo en fases distintas a la nuestra, basadas en los ruidos de motor y sus superposiciones, en contraste con los silencios y sus continuidades, a lo largo de la mañana, mediodía, tarde, noche, madrugada. Le encantaban las salamanquesas, eran deliciosas pero esquivas, y tenían la odiosa manía de trepar, de estar en lo alto de todo, donde acaso no alcanzara una pobre serpiente desprovista de arbustos o árboles, como sería lo justo, lo razonable. Pero esta en concreto se sobreponía a las dificultades. No se explica cómo, de otro modo, podría haber salido adelante allí, donde casi cualquier otro animal de similar constitución habría perecido al poco de eclosionar o ser expulsado del útero. Lo decimos porque aprendió a cazar a las jugosas salamanquesas. Se hizo una experta en reptar por cualquier pared usando apoyos casi invisibles, apenas un resquicio, un arañado, un chicle pegado y olvidado a la altura de un mocoso de cinco años. Si aquello fallaba, tenía otra táctica. Sabía que ellas odiaban los pasos tanto como ella. Por eso, esperaba detrás de la puerta, estirada todo lo que podía en el rincón, la cabeza contra la pared como el palo de una escoba olvidado por el indolente portero. Al acercarse el ruido, la luz cegadora, las salamanquesas, antes tan taimadas, tan precavidas, corrían como gallinas despavoridas hacia la oscuridad, el refugio de detrás de la puerta, donde las esperaba la boca apenas sin dientes de la serpiente. Ahora, tras cada comida, le entraba un sueño agradable. Debía, sin embargo, buscar un refugio para la siesta. Lo encontró en el hueco dejado por una tubería nunca reparada, en el acceso a los trasteros, al final del pasillo. Los trozos de papel, la acumulación de pelusas, indicaban que era un sitio poco transitado. Tras el agujero, en la oscuridad, el túnel se ensanchaba lo suficiente como para poder enroscar su ya casi metro de cuerpo y rendirse al Morfeo de los ofidios.


(cont.)