La importancia del lenguaje, joder...
Esteban se detiene por un momento, le mira, pero Raúl no añade nada más así que los dos continúan como si no se hubiera interrumpido la paz de la habitación de la plancha de la casa de Raúl.
En la calle. Esteban quiere ir donde vive Noelia por si acaso. Es un buen trecho, pero a los quince años las energías sobran y las piernas nunca están fatigadas, sobre todo si las dirigen las hormonas. Se apostan enfrente del portal de la chica. Esteban mira a Raúl.
¿Qué dijiste antes?
Te lo explicaré -dice, tres días después, Raúl, como si el otro tuviera que acordarse de la conversación inacabada.
¿Qué? -protesta, mientras se baja los pantalones y se sienta sobre el montón de ropa limpia, recién salida de la lavadora.
Muchos dicen que da igual una palabra u otra para llamar a la misma cosa -empieza Raúl, que aunque tiene la misma edad que Esteban ha leído más y se interesa por temas ajenos a la típica adolescencia en una ciudad cualquiera como la que viven. Raúl le mira, sopesando el impacto del prólogo.
Una vez Noelia me dejó que le subiera la falda hasta las bragas -barbotea Esteban, con los ojos cerrados.
La atmósfera es casi sólida allí dentro, y la respiración y los cuerpos de los dos chicos se bastan para alejar el frío del invierno. Raúl, con la mano ocupada en el regazo de su amigo, arriba y abajo, arriba y abajo, aparta la mirada de la revista un segundo.
Ya.
Esteban, avergonzado, se calla lo siguiente. Luego nota que la polla de Raúl se encoge entre sus dedos como agua dulce en el lecho de un río. Aunque no piensa “lecho”. Piensa otra palabra, aunque Raúl no es consciente de este conflicto lingüístico (que apoyaría su teoría).
¿Te aburres?
Un poco. Ya hemos visto esta revista ocho mil veces. ¿No hay más?
No. Mi padre ha tenido que cambiar el escondite.
Raúl se levanta sin vestirse. Su polla, flácida, parece el badajo de una campana invisible que toca a misa, y ahora Esteban sí que ha pensado eso, con esas palabras, porque fue monaguillo y entiende de campanas un rato.
¿No es raro esto que hacemos? -lanza Esteban, más que nada para romper (el ding-dong de la polla de Raúl) el silencio.
Raúl se pone los calzoncillos y los pantalones en un santiamén.
No creo. Casi todos mis compañeros de clase lo hacen también.
Esteban contempla entonces su propio miembro, erecto, insatisfecho.
- Una vez le vi las tetas a Noelia -pero su voz es casi un suspiro, un deseo lanzado en forma de aliento e inseguridades.
Comen pipas en la esquina de la calle de Noelia. Parece que va a llover.
Va a llover -reitera Raúl, ajeno a la voz del narrador.
Uhrmm -gruñe Esteban. Los padres de Raúl llevan en casa toda la semana y, además, la revista que robó a su padre y que atesoraba bajo el colchón ha desaparecido.
Noelia no se deja ver. Puede que no esté en casa. Vuelven a casa mojados. En el portal de Raúl dejan que se apague la luz del recibidor y se meten bajo la escalera en lugar de coger el ascensor.
¿Y?
Piensa. Usa la cabeza -le urge Raúl, que ya se ha bajado los pantalones y los calzoncillos. Esteban tantea en la oscuridad y no tarda en encontrar algo a lo que asirse. Sin metáfora de por medio.
Noelia sale con un chico rubio muy alto que no va a su instituto. “Es medio alemán”, dice la amiga de Noelia, como si eso fuera un añadido insuperable. “Ya”, se defiende Esteban.
Tenemos que irnos -ataja Raúl, por salvarle el culo a su amigo.
Me has salvado el culo -repite Esteban luego, porque tampoco conoce las palabras que le anteceden.
La importancia del lenguaje, ya te lo expliqué -refunfuña Raúl, medio cabreado, y a Esteban sólo le queda el flipar en colores.
A estas alturas puede que sea tarde o contraproducente, que estorbe la idea preconcebida de los personajes, la agilidad del relato, pero aun y así diré que Raúl es más alto y algo más delgado que su amigo, pero le dura medio asalto en cuestión de pelea, porque la fuerza es cosa de Esteban. Esteban juega al balonmano, el fútbol nunca se le dio bien ni le terminó de convencer. Además, en contra de lo que se suele pensar, le parece un deporte mucho más masculino, más físico.
Pero es que, además, somos primos. Eso lo hace más raro -dice Esteban, limpiándose la lefa con una camiseta del montón. Los padres de Raúl están de viaje de no sé qué en no sé dónde.
-abre el guión pero no dice nada, sólo se encoge de hombros. Hoy tampoco se ha corrido.
Cierra los ojos y piensa que es Noelia -susurra Raúl, mientras se acerca al otro, que sigue sentado entre la ropa de la colada.
Es un poco complicado.
Tú ya te has corrido -replica, envenenado, el que venera el uso del lenguaje.
Esteban cierra los ojos y piensa que Noelia, con la falda arremangada, le ofrece un polo. Uno de esos conos de nata y chocolate que tanto le gustan. Noelia también se sube la blusa y ahora le ve el sujetador, sus tetas parecen pequeñitas. Nota tres o cuatro sacudidas y al abrir los ojos tiene la boca llena de nata caliente.
Enero 2011, Jaén.
PD. No tengo claro si ya está terminado o seguiré.
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