Comienzo
Julia lo encontró en mitad de la calle. No era un sitio extraño, una zona apartada. Estaba en pleno centro de la ciudad aunque, debido a la hora, un mediodía luminoso y febril, apenas pasaba gente. Lo vio allí, en el suelo, en mitad de la acera y, a medida que se aproximaba, como hipnotizada, algunos destellos le hacían sospechar qué era. Aunque cada fogonazo lograba desconcertarla, porque su color variaba. Plateado. Azul. Rojizo. Verde como una esmeralda, como el mar caribeño que imaginaba para su viaje de bodas con Rober.
Es muy bonito
Se ajustaba a la perfección a su cuello, caía sobre su escote a la altura justa. La de la joyería dijo que no el collar que lo sostenía no era oro ni plata. Del colgante en sí, ni una idea se le ocurrió. “Será bisutería”, dijo, como disculpándose por existir. Pero Julia estaba segura de que no. De que eso era valioso. Además, pesaba un montón. Debía ser bueno. Todos le decían que era precioso. Que le quedaba muy bien. Bueno, todos menos Rober.
Mi novio
La polla de Rober es oscura, cálida y suave. Parece que sabe adaptarse a cualquier situación, a cualquier rincón del cuerpo de Julia. El resto de su físico es normal, algo más cuidado que el de la media de hombres, pero no como el de aquellos que frecuentan el gimnasio o se obsesionan con el espejo. La barriga de Rober, redonda, rotunda, casi musculada, fue lo que atrajo su atención la primera vez que le vio. Se lo encontró en mitad de la calle, desconocido, deslumbrante y lleno de misterio, como el colgante.
Problemas
Dos semanas después comenzaron los problemas. Rober se empeñó en que se quitara el collar porque le había hecho una fea rozadura en la nuca, pero Julia le aseguró que no era nada. Le prometió que lo llevaría a la joyería para que le cambiaran el enganche y ahí quedó todo. Pero lo cierto es que Julia no cumplió su promesa. Por un temor absurdo, pensó que si lo dejaba en la tienda ya no se lo devolverían. Últimamente, se había acostumbrado a coger el colgante mientras cavilaba en algún asunto en el despacho o en la cocina, haciendo la lista de la compra. Siempre estaba caliente, como si el metal guardara en su interior una llama inextinguible. La de su amor por Rober.
Transiciones
La rozadura desapareció. Sin embargo, el físico de Julia comenzó a cambiar. Perdió el apetito y adelgazó hasta un extremo doloroso. Aunque ella se veía igual, si acaso, más guapa, con una luz interna que, sospechaba, provenía del objeto, de una extraña fuerza que le transmitía. Rober tenía otra opinión. Aseguraba que el collar era “apestoso” y que si no lo tiraba ella lo haría él. Tenía la convicción de que el contacto con la joya le había producido -a él- un herpes en el pecho y, por eso, le dijo que no volverían a acostarse hasta que no se deshiciera de “eso”. Ella pensó, al principio, que sería un rebote pasajero, que ya se le pasaría el enfado pero, desde entonces, Rober durmió en la habitación de invitados. El sexo acabó pero, también, el roce, la comunicación que lograban bajo las sábanas, lo que le producía un dolor casi físico, una ansiedad creciente. Con todo, la perspectiva de desprenderse del colgante era aún más desoladora. Se había convertido en un objeto preciado, familiar, un legado que, por el simple hecho de ser ajeno y desconocido, ganaba en importancia, en nostalgias ignotas que lo llevaban a estar, sorprendida, con los ojos inundados de emociones.
Por esa época, Rober tuvo que irse en viaje de negocios durante un fin de semana. “A tu vuelta, me habré desecho del collar”, aseguró Julia, con ánimo conciliador, pensando en el amor y en la polla de Rober de nuevo, cálida y confortante, en sus pequeñas manos de mujer segura por fuera y aniñada de puertas para adentro.
(continuará... en otro lugar, seguramente)
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