
Él me enseñó a beber té, ella a no confiar del todo en la gente. El primero abrió y destrozó. Quemó los puentes a su paso.
Él me enseñó lo que era amar y ser feliz, en dosis ínfimas pero plenas. Aún lo recuerdo, cuando él apenas tendrá una imagen clara de mi rostro.
Tengo que ponerme a régimen.
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