bukkakes emocionales

martes 4 de octubre de 2011

La serpiente del aparcamiento-.




Es posible, porque existió. Una serpiente vivía en los pasillos cortos, esquinados, que comunicaban el aparcamiento con los ascensores, o el ascensor con la línea de puertas iguales de los trasteros, todos yermos, inmóviles, de una ciudad de provincias venida a menos, de un bloque de pisos residenciales que quiso ser algo y quedó a mitad de camino. Cada habitáculo de esa planta del edificio, cada trecho, está cortado por puertas herméticas, lo que hace que me pregunte, ¿cómo pudo? Pero, la primera pregunta: ¿cómo llegó una serpiente hasta allí? Ni siquiera ella lo supo. Abrió los ojos, simplemente, al mundo, nació allí, en la semioscuridad permanente, en la calidez tenue del suelo recubierto de polvo, gases de coche depositados y ennegrecidos, algunas colillas. Nunca vio a otras como ella, aunque las de su especie nacen con decenas, cientos de hermanas a su alrededor, y algo en sus genes le decía que aquello no era normal. Supongo que sus primeros culebreos fueron tras una de las puertas, asustados, confusos. Pero, a fin de cuentas, no conocía otra cosa, sus diminutos ojos sin párpado se acostumbraron a la luz teñida, en algunas zonas, del rojo de la bombilla de emergencia. Pronto aprendió a esquivar los ruidosos pasos, el blanco cegador y flurorescente que duraba poco pero delataba su presencia, aún ínfima, aún de un tamaño tal que, durante meses, vivió en el pasillo que iba de una puerta a otra, del garaje 3 al cuarto de acceso al ascensor del bloque 2, dos metros por uno y medio, sin notar nada raro, salvo hambre y, a veces, frío.

Quizá por su especie, que no terminamos de acotar, o por las especiales circunstancias de su existencia, la serpiente que vivía en el aparcamiento, en los pasillos de acceso a los ascensores, más concretamente, tardó varios años en tener un tamaño respetable. Digamos que, si en ese tiempo, una rata se hubiera cruzado por su camino, la historia acabaría aquí, con este punto. Punto.

Al principio, la alimentación no era gran problema, casi cualquier cosa valía. Una hormiga, una cochinilla era casi un festín. Un escarabajo, todo un reto. Es cierto que comprendió, a riesgo de perder la vida de inanición, que tenía que cambiar de escenario de cuando en cuando. Hacer tiempo para que las hormigas se rehicieran, los huevos de la polilla eclosionaran, o los trozos de carne embutida, caídos de un bocadillo, de un niño distraído, surgieran en su hábitat de nuevo.

La migración era comparable, dada su situación, su desamparo, su extraordinaria proeza de supervivencia, a la de los ñus, a la de los lemmings, al viaje eterno del albatros que, dicen los poetas, nunca toca el suelo, excepto para nacer o morir.

Pero, al contar quince mudas de piel, notó que su hambre aumentaba o las presas encogían. O las dos cosas. Su cuerpo, antes frágil, casi translúcido, de lombriz insulsa, se hacía fibroso, más musculado, y sus movimientos poderosos, certeros sin causar un solo ruido. Además, por razón del azar o de un darwinismo acelerado, el tono de su piel era casi exacto al del suelo de los pasillos que habitaba. Blanco pero con sospechas de gris, de negro, de algún rojo inexacto. De nada le servían, sin embargo, la agilidad y fuerza conseguidas para alcanzar insectos que ya resbalaban por su lengua sin apenas diferenciarse de motas de polvo, del puro olor. Ahora, una rata que se cruzara en su camino se lo pensaría dos veces: ¿presa o cazador? Con todo, tampoco, esta vez, encontró nuestra serpiente un roedor de tal tamaño. Pasó un invierno duro. Cruzaba las puertas en las ocasiones que se presentaban. A veces, los pasos y los ruidos y las luces blancas dejaban alguna abierta, por un resorte mágico que no entendía, y se alejaban por un tiempo, un espacio que ella considerada un riesgo moderado, y aprovechaba para cambiar de escenario. En ocasiones, la simple inspección, oler el terreno, bastaba: no hay nada, mejor retroceder, esperar que los grillos decidieran volver con su grito suicida. Pero, otras, arriesgaba. Este pasillo es inútil, pero puede ser la antesala de un territorio desconocido, lleno de comida. Quizá, de otro animal como ella, de un compañero.

Sus presas escaseaban, aunque necesitaba cazar con menor frecuencia. Cada dos, tres días, contando las unidades de tiempo en fases distintas a la nuestra, basadas en los ruidos de motor y sus superposiciones, en contraste con los silencios y sus continuidades, a lo largo de la mañana, mediodía, tarde, noche, madrugada. Le encantaban las salamanquesas, eran deliciosas pero esquivas, y tenían la odiosa manía de trepar, de estar en lo alto de todo, donde acaso no alcanzara una pobre serpiente desprovista de arbustos o árboles, como sería lo justo, lo razonable. Pero esta en concreto se sobreponía a las dificultades. No se explica cómo, de otro modo, podría haber salido adelante allí, donde casi cualquier otro animal de similar constitución habría perecido al poco de eclosionar o ser expulsado del útero. Lo decimos porque aprendió a cazar a las jugosas salamanquesas. Se hizo una experta en reptar por cualquier pared usando apoyos casi invisibles, apenas un resquicio, un arañado, un chicle pegado y olvidado a la altura de un mocoso de cinco años. Si aquello fallaba, tenía otra táctica. Sabía que ellas odiaban los pasos tanto como ella. Por eso, esperaba detrás de la puerta, estirada todo lo que podía en el rincón, la cabeza contra la pared como el palo de una escoba olvidado por el indolente portero. Al acercarse el ruido, la luz cegadora, las salamanquesas, antes tan taimadas, tan precavidas, corrían como gallinas despavoridas hacia la oscuridad, el refugio de detrás de la puerta, donde las esperaba la boca apenas sin dientes de la serpiente. Ahora, tras cada comida, le entraba un sueño agradable. Debía, sin embargo, buscar un refugio para la siesta. Lo encontró en el hueco dejado por una tubería nunca reparada, en el acceso a los trasteros, al final del pasillo. Los trozos de papel, la acumulación de pelusas, indicaban que era un sitio poco transitado. Tras el agujero, en la oscuridad, el túnel se ensanchaba lo suficiente como para poder enroscar su ya casi metro de cuerpo y rendirse al Morfeo de los ofidios.


(cont.)